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Cronología Chile 1938-1962

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Biografía

Estados Unidos 1967 – 1974

1967

"En primavera me traslado definitivamente con mi esposa a los Estados Unidos.
Durante el verano, dirijimos una Galería de Arte en Nantucket, Mass.
Desde Septiembre trabajo en el Whitney Museum of American Art, como asistente de John Russell.
"Frecuento el Pratt Graphics Center, donde me perfecciono en la técnica del grabado con dos maestros latinoamericanos del Centro: Roberto Delamonica y Luis Cannitzer. En el Pratt encuentro otros artistas gráficos chilenos como E. Fontecilla, Juan Downey y Víctor Femenias.

“…Ingresé al Pratt Graphic Center, en la calle Broadway, aprendí de todo: litografía, serigrafía, collograph, grabados a múltiples colores en metal recortado. Allí estaban los profesores latinos Roberto Delamónica, Luis Camnitzer, los artistas chilenos Juan Downey, Víctor Femeninas y Ernesto Fontecilla, con quienes compartíamos el taller.
“En el Pratt Center conocí también a Mike Knigen, ¡que fue otra de mis perdiciones alquímicas! Necesitaba desesperadamente un inocente que lo ayudase a instalarse en forma independiente. Era litógrafo e impresor profesional, me ofreció un salario mínimo asistiéndolo y puliendo piedras litográficas para sus clientes que iban en aumento. La posibilidad de vivir y trabajar en este taller, una especie de filial del Pratt Graphics Center, me producía la sensación de estar plenamente en la escena neoyorquina, y acepté el trabajo. Algunas noches opté por alojarme en su departamento, con quien recorrimos bares y discos negroides, acompañándolo a otros mundos del underground ¡El ambiente de los negros gay resultaba fascinante y sórdido!...

“Andy Warhol se divertía mucho con mis bailes hot: ¡You must be latin, dear! me decía en su tono agudo, suave y calmado en una de las fiestas.
Andy, con su estratégica aparición en el party, con ese grupo de elegantes que lo rodeaban, en el Metropolitan, fiesta en honor de James Rosenquist, la estrella de esa inauguración. Alejándome con él me invitó a visitarlo en la Factory. Esa tarde Rosenquist exponía su obra monumental, el caza "F III", un cuadro de veintiséis metros de ancho, con paneles de aluminio en los extremos y una colección de imágenes que incluían tallarines, neumáticos, una chica bajo el secador de pelo y una explosión nuclear. Todo un contraste entre lo inocuo y lo letal.
Por fin una noche decidí visitar la Factory, estaba curioso de la mala fama y de la genialidad que rodeaban a Andy. Superando mi timidez, conseguí otra vez su atención mediante mis ácidos comentarios sobre sus devotos que deambulaban a su alrededor, tipos de miedo por sus puntudas lenguas y chicas intensas, siempre listas para la riña. Superé mi inseguridad ante los monstruos del clan anfetamínico, quienes decían: "Si no estás drogado eres una desgracia, no mereces ningún respeto”.
“Te daba luego sueño estas largas discusiones, imposibilitado de seguir el ritmo endiablado de las superdivas, voz del speed, muy inteligentes. Ellas siempre estaban maquinando astucias para ser absolutamente top en la escala de valores del Mago de Oz.

“…Vivíamos la filosofía hippie del amor libre y la liberación gay, cuyo modelo influyó en nuestra separación con Susan, sumando a esto mi ambigüedad sexual, mis ansias de liberación: sexo y drogas con el deseo de bailar en los clubes, un private dancer for money cuyas gracias terminaron aturdiendo mis sentimientos. En junio del 68 mi vida era una crisis y me separé de Susan, cuando me golpeó la noticia del diario Daily News. “Actriz dispara contra Andy Warhol", en la portada. Al leer detalles reflexioné acerca de mi situación y rememoré mis encuentros con Andy, ya se imponía un antes y un después en esa fatídica primavera del 68.”

1968

Entro en sociedad con Mike Knigen, litógrafo y grabador de arte.
Primera muestra en Nueva York, “Cuatro Sudamericanos” en la Galería Cegrí. Algunos de mis trabajos son adquiridos por el Museo de Arte Moderno (Solari, Copello, Fontecilla y Downey).
Me separo de Susan Stevenson y me separo también de mi socio Mike Knigen.
Transcurro el verano junto a dos grabadores Luis Cannitzer y Liliana Porter, en su estampería en Morristown, N.J.
Conozco al mercante de arte John Barton, al cual comienzo a vender mi producción de grabado.
En Otoño regreso a N.Y. y comienzo mi relación artística con el músico chileno Fernando Torm (alumno de Claudio Arrau), performer de extraño genio, que durará bien cuatro años y será rica de tantos sucesos en el campo de la mímica, el movimiento y la danza, el grabado y la fotografía. A través de él conozco las ‘estrellas’ de la danza americana contemporánea: Ivonne Rainer, Twayla Tharp, eran sus amigas, a través de ellas éramos tratados en el giro de la “Nueva Danza”; yo en vez, amaba a Laura Dean, por su investigación en el Oriente, en la concentración en un círculo, dentro de los modelos que ella creaba con el yoga, que calmaban mi enorme energía emotiva acumulada finora sobre Fernando. Me salvó la vida: yo le agradeceré siempre haberme llevado donde el ‘maestro’ Bob Wilson en el momento preciso que debía nacer como ‘protagonista’; el maestro hace el resto con su opera “K.A. Mountain and Gardinia Terrace”.
Puedo, por mis primeras performances del body-art, y mis fotografías se publican en un diario porno-gay.

Después de su divorcio (1968) continúa desarrollando su carrera artística en Nueva York insertándose rápidamente en el circuito del mercado del arte como master print:

 

“…Continué editando mis grabados en el taller comunitario de Robert Blackburn, otro pionero del mundo de la gráfica, quien arrendaba sus prensas y espacios a los interesados en producir litos y metal. Se dictaban cursos, pero básicamente era taller para gente de la profesión. En la segunda mitad de los sesenta los grabadores aún podían vender su obra, sobreviviendo de su profesión a un mercado bien preciso. Allí me encontré con Mohammed Khallil, viejo amigo de los días en la academia florentina. Musulmán negro, tuvo serios conflictos para entrar al mundo del arte dominado por judíos. Edité en este taller más imágenes para John Barton “Las múltiples caras de Picasso”, un knock out de ventas, dándome la seguridad necesaria de invertir en mi naciente carrera el dinero que dejó mi padre. Cuando instalé mi propio taller de impresiones en Tribeca, lo bautizamos “Taller 69”, año de su fundación, ubicado en el último piso del viejo edificio, 155 Chambers St., cerca del río Hudson. Era largo y luminoso, con ventanas en sus extremos y una gran claraboya central.”
“Tenía estupendo el pavimento que pagué naturalmente a la bailarina que vendía los derechos de llaves. Al fondo del loft, sobre la fachada que miraba el World Trade Center y la escala de incendio, ubicamos la fábrica de grabados. Colocamos al centro la flamante prensa “Charles Brand”. La caja del antiguo ascensor de carga nos sirvió para instalar el laboratorio de alquimias. Además, construimos estantes, mesas para el entintado y cubrimos el piso con la mejor alfombra industrial. El resto del loft quedó lo más vacío posible, minimal.
El santo alcoholizado Enrique Castro Cid y Yoko Ono vivían en la misma calle”...

1969

Creo el espacio alternativo STUDIO F, 155 Chambers St. N.Y. N.Y. 100 con la ayuda de Fernando Torm.
Ediciones de grabado/performances/conciertos/collages con los hijos de las flores.
“Hippies” fue el título del primer grabado que le vendí a Barton. Por él encontraría un estilo, hecho de los “cubos” voladores, plenos de paisajes, similares a un TV fue un “éxito”, se vendían todos. Fue una gran serie, toda de oro por mi “dealer”. En el verano viajo a Chile para exponer mis nuevos grabados, toda una serie de la descomposición de un cubo, un paisaje de las diversas posibilidades geométricas del cubo. En la Galería del Instituto Chileno-Norteamericano de Cultura. La crítica fue pródiga con mis obras el Museo de Arte Contemporáneo y el Museo de Bellas Artes, las dos “grandes instituciones culturales de Santiago” y me invitan a participar en su segunda Bienal de Gráfica. Y contemporáneamente en diversas muestras itinerantes del Museo/Taller 99, Lima, Perú. – Taller 99, Montevideo, Uruguay.
Al regreso a los Estados Unidos, permanecí un mes en México, para programar una exposición y conocer a los aztecas.
Al regreso a Nueva York, me piden mis obras de diversos museos y me invitan a participar en diversas exposiciones. Susan entró a trabajar como secretaria del director del Metropolitan Museo Mr. Hovin, que creó un nuevo cargo para mi ex mujer, y que le hizo curar, en parte, la muestra sobre “Harlem” presentada en el Museo en un “momentum cultural” muy significativo.

Participo en diversas muestras:
En el Pratt Graphics Center, en el Museo de Trenton, N.J, en su exhibición anual.
Alonzo Gallery me propone una exposición tripartita en Madison Avenue en el Internacional Theatre Playgroup y me vuelvo “in” en la Bienal de París.

Asisto y participo en algunos happening de Kaprow y en las sonatas de Cage, en la Universidad de Fairleigh Dickenson, N.J. organizada por mi amigo Luis Cannitzer.
“…Cuando Luis Camnitzer estuvo a cargo del departamento de arte en la Universidad de Fairleight¬Dickenson, cada tanto invitaba a las celebridades. Allí viví el happening organizado por Allan Kaprow, en 1968, quien después de diez años de carrera, explicaba el origen de su especialidad estética, nacida luego de realizar grandes collages, convertidos en gigantes, usando materiales siempre más densos, hasta convertirse en un enorme ensamblaje por todo el estudio. Naturalmente, la gente penetraba en sus diferentes partes, dándose cuenta el artista, después de observarlos, que el público era parte de la obra. Desde entonces comenzó con actividades para los espectadores, de la casi total pasividad a una gran actividad de respuesta. Kaprow transformó el concepto de espectador y obtuvo una óptima participación de aquellos interesados. Durante su visita realizó el happening de los neumáticos, con los alumnos y algunos invitados; definió los parámetros de las actividades dando máxima flexibilidad, usó terminología de imágenes para fijar las limitaciones y los controles. Se produjo todo tipo de reacciones, algunos permanecieron inmóviles observando el happening, otros participaron activamente, recibiendo y lanzándose decididos los neumáticos entre los concurrentes, algunos se enojaron y los destruyeron.

“Yo seguía la búsqueda a experimental en torno a cubos, paisajes de la memoria y escudos heráldicos. Preparo mi primera exposición importante en Chile, agosto del 69, en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura, que coincidía con la llegada del hombre a la Luna.
Traje a Chile técnicas de recorte en metal, experimentación y avances en el uso de entintado a color con rodillos. Los grabados y primeros collages fotográficos me llevaron el premio “Nicolás Copérnico” y obtuve más tarde una Beca del New York Council on the Arts.

1970

"Es el año más importante en el plano artístico productivo y por mis relaciones con Fernando y porque vencí a Barton, el dealer. Fue el año más fecundo económicamente, que nos permite movernos a México y viajar a Yucatán, después de haber vendido toda la muestra: mis cubos y los folli de Fernando. Collages con mis fotos en Acapulco y mis costillas rotas en Puerto Angel. Volvimos con mi “socio” en Manhattan con tantas ideas por hacer en grabado “herbarios” con lo que encontramos: Cristos barrocos, flores en colores vivos del folcklore latino, las iglesias doradas, el negro, el violeta y el rojo furioso.


“La década de los setenta comenzó con un carrusel de exposiciones personales y colectivas en el Trenton Museum de New Jersey, en la Bienal de París, en la Expo 70, en Osaka; en el Museo de Arte Contemporáneo de México y en la Bienal del Grabado Latinoamericano de Puerto Rico. Tuvo una muestra personal en Washington DC donde Harry Lunn, quien entonces se dedicaba a vender gráfica, especializándose más tarde en “vintage photographs” y fui huésped por algunos días de Juan Downey.
“…Brook Alexander -parecido al Paul Newman de la pelícuta "Allá arriba alguien me ama”, me consiguió corratos para ediciones de los artistas Adolph Gottlieb, Al Held y David Hockney. Me hizo conocer al maestro del expresionismo abstracto Gottlieb, un personaje inesperado. Paralizado por un ataque se traslada en una silla de ruedas por el estudio del Soho manipulando sus dibujos, celoso y expresivo; de pronto me alarga una acuarela y me propone el desafío de transformarla en un grabado con el estilo y la fuerza original del maestro. Brook me dice que si realizo técnicamente un grabado como "La última cena", sin duda podía inventar un Gottlieb, un Pollock, un Rothko, un De Kooning o un Newman.


“Me sentí halagado de la confianza demostrada por Gottlieb, un artista que tiene setenta años y que llevaba tres décadas pintando entre intensos cambios artísticos, como cuando vio el traslado del centro de París a Nueva York, ya en 1940. Hasta entonces el arte norteamericano era provinciano y tenia puesto el ojo en la Ciudad Luz, que era imperialista sobre los colonizados americanos”.
“…A través de la música y la danza comenzaron a crecer mis horizontes. Junto a mi compañero, el concertista para piano forte Fernando Torm, asistía a todos los espectáculos de danza de las vanguardias de Nueva York. Trisha Brown, Twala Tharp, Ivonne Rainer, Simona Forti, Steve Paston, David Gordon y Douglas. Muchas jóvenes bailarinas amigas de Fernando visitaban asiduamente nuestro loft dotado de un pavimento impecable y de un espacio teatral, discutiendo sobre danza, diseñando coreografías, girando en elaboradas piruetas ante mis sorprendidos ojos, usando en sus bailes las composiciones electrónicas creadas por Fernando en Columbia University. Sin proponérmelo adquiría conocimientos “dal vivo” y un día aburrido como mero espectador comencé a estudiar una transposición del fresco leonardesco “La última cena”. Ensayo sin reposo las poses, los gestos y el estilo de cada uno de los doce personajes con el Cristo al centro. Fernando obtuvo fotos del evento y mirándolas descubrimos mis mejores dotes: mi cuerpo desnudo y su expresividad tras una mesa de acrílico transparente. Decidí entonces tomar clases.

Entre 1971 y 1972 se formó en el arte de la danza con la coreógrafa Laura Dean y participó en piezas teatrales de Robert Wilson.

 

“La coreógrafa Laura Dean, con paciencia y amor por mi alma herida, transmitió entusiasmo y disciplina a mis intentos de usar creativamente mi cuerpo. Aprendí durante meses técnicas de yoga y los movimientos repetitivos, logré girar en círculos concéntricos más de veinte minutos sin marearme, según el estilo minimalista de danza que Laura Dean impartía, enamorándome de este ángel de largos cabellos rojos que logró salvar mi alma y mi cuerpo. Laura posee una gran belleza física y espiritual y mucha claridad sobre su papel en la danza contemporánea. Además creó su propio estilo, sus coreografías son inconfundibles. Es también excelente intérprete en el pianoforte, compone partituras y está largamente asociada con el músico Steve Reich. Laura lograba así ser todo lo que presentía con su clarividencia y tesón, había creado su propia compañía de bailarines y músicos, con la que realizaba tour internacionales. Muy consciente de mis aptitudes me llevó una tarde a conocer a un gran artista del teatro visual, un director genial, Robert Wilson. Con Wilson aprendí cómo estructurar y montar una obra teatral, verdaderos cuadros pintados con luces, con una narrativa ensoñadora y lento desarrollo.


“En 1971-72, durante el período que trabajé con Bob ensayamos incansablemente futuras escenas para su repertorio, sometiéndome con docilidad y disciplina a sus geniales inventos. Me fascinaba verlo moverse rápidamente entre los actores, músicos y bailarines, provocando un torbellino de actividad y dinamismo. Parecía que su mente acelerada lograba sin aparente esfuerzo la cooperación de su compañía, y la ayuda económica de sus patrocinadores y ángeles protectores que aparecían durante la preparación. Aprendí mirando tus intervenciones como actor y director de Overture, la obra en que participé en 1972, tras un año de instrucción en su escuela para pájaros (“The school of byrds” era una especie de comunidad mística en eterno movimiento). “El nombre completo de la pieza era “Overture for KA Mountain and Gardenia Terrace, a story about a family and some people changing” y sus representaciones tuvieron lugar en un loft de tres pisos en Spring St. Manhattan. Bob también aparecía en diversas ocasiones en escena, intenso y bravío con sus sonidos y palabras dramáticas, una querella de ideas e imágenes volando de un espacio intelectual a un concepto planeterio, zigzagueando, abatiéndose a través de las capas del lenguaje; atrapado en su discurso con los pensamientos a tal velocidad que una imagen atraía a otra en varías palabras simultáneas, en diversas direcciones al mismo tiempo. Pensamientos que reverberan, tropezando en el fandango de sus cuerdas vocales. Su discurso es discontinuo, vacilante, deteniéndose con la mirada vacía.
“Su recitación es pasional, angustiada, hesitando crea la impresión de un gran esfuerzo al pronunciar los sonidos y palabras. Sus vacilantes arremetidas sugieren su odio por lo que va a decir –auto ironía-, pareciendo a veces que quisiera transmitir un mensaje importante: Babel, el lenguaje de todos los pueblos reunidos, desintegrándose”.

1973

“Vuelvo a vivir la experiencia socialista, siguiendo la romántica ilusión de la revolución. Fue un falso movimiento, el peor error que pude cometer, dejar mi exitosa carrera de grabador en Nueva Cork, para caer en el surrealismo total, y pago muy cara mi soberbia.
Vine a experimentar mi locura performística. Después de mis experiencias con la compañía de Robert Wilson, sólo deseo expresarme con el cuerpo, producir arte vivo.
Al comienzo vivo en un sospechoso hotel escribiendo cuadernos que se pierden en el tiempo o caen bajo las garras de Carlos Leppe. En ellos relato día a día lo que me pasa, aquello que ocurre en las calles, las colas y las protestas. Incluso escribo sobre mis fantasías, persiguiendo el "arte vivo”.
"Creo en mi mente una irreverente Pieza para Locos que asocia artistas y técnicas diversas donde rompe con las reglas de la censura, ¡es un híbrido! Me interesa registrar la memoria de un momento tan intenso e irrepetible en la historia patria, la revolución socialista. La memoria de ese instante en la calle, deteniendo el impala para sacar una foto-memoria en un viaje de observación lleno de sorpresas. ¿Vuelvo a vivir una utopía? Este ejemplo trasnochado de idealismo de 1968, hoy se encontraba en un callejón sin salida: bloqueo económico, interventos de la CIA y de oposición interna. La revolución pacífica se convirtió en una ardua lucha política caótica y devastadora, terminando en una tragedia.”
Durante su corta estancia en Chile, en el año ‘73 presentó diversos tableaux-vivant, que Luis Poirot fotografió. Además programó la performance Pieza para locos para presentarla en el Museo Nacional de Bellas Artes, el 11 septiembre de 1973.

“…Finalmente partimos a bordo de un destartalado avión con nuestras obras, Silvia y Sergio Castillo, Carmen Aldunate, y yo juntos a la comisaria del envío chileno a la Bienal de Sao Paulo, Luz Pereira, que nos consigue viajar a bordo de un aparato del Correo Aéreo Brasilero.
“Vuelvo a ser el tránsfuga, en un avión que me lleva al Brasil. Imagino un futuro incierto azaroso en mi patria. Tal vez un anónimo final, entre balazos en una riña por putos”.

 

Después de su estadía errática en Chile y el tour por Brasil, publica Calendario en 1974.
“Durante mi vuelta a Nueva York, tengo la sensación de haber perdido mi rol de exitoso grabador. Escribo, alojado en un viejo y extravagante hotel de la Quinta Avenida, cercano al Village, donde se hospedan artistas y turistas. Invento nuevos roles para mi Calendario inconcluso, después del trágico desenlace de la revolución socialista. Conozco a Wren De Antono, una fotógrafa de 24 años, quien me ofrece terminarlo. Después de examinar el vasto material logrado por Luis Poirot, siento que el grupo de imágenes seleccionado necesita la presencia de un par de Divas…”
“En mi psiquis enferma de nostalgia, mis nuevos grabados semejan “esperpentos” tan intensos que provocan el llanto horrorizado de una joven asistenta. ¿Es la versión de un cerebro abierto en la mitad lo que le produce tal reacción? ¿O es tal vez una flor extraña, navegando por un río de sangre lo que provoca ese acceso, ese derrumbe histérico de sus facultades de discernimiento?
Mis cinco estampas burlonas y expresionistas obtienen el rechazo de los marchantes a los que se las propongo ilusionado de poder vender al menos un par de ediciones. Razonan ellos que las nuevas imágenes no son comerciales y demasiado diferentes mi anterior estilo, geométrico y elegante. Argumento con ellos y recobro mi temperamento emotivo, actúo y reacciono en el momento, dándoles algunos zarpazos con mis garras de tigre. John Barton me acusa de comunista, por fugarme a Chile a vivir la experiencia del Dr. Salvador Allende, cuando aquí lo tenías todo, me repte, y todo lo perdiste por tu afán performístico demente y rebelde. Tampoco me perdona haberles enviado antes de partir, una bomba suicida, un librito titulado “The Printer” (El impresor de grabados) una sátira de 45 revoluciones por minuto. Ignoro todo tipo de prudencias, prefiriendo exponerme sin cesar a la muerte para sentirme más vivo. Jugaba con el peligro y cosechaba desastres con los mercantes del arte, John Barton y Brook Alexander, furiosos y despiadados por mi “pecado de juventud”.
“…A la escasa luz de un día invernal, debí botar la careta de mi pantomima demencial. Termino mi acción en el interior de un espacio dramáticamente vacío: un colchón en el piso, en la cocinilla un sartén y una olla –reconociendo mi derrota- entre maletas, disfraces y escritos repartidos por el suelo del pequeño apartamento que arrendé en el Village. Ni profetas ni oráculos, ni brujos ni hechiceros fueron capaces de solucionar mis problemas financieros.
“En mi desolación visito a mis maestros esperando una palabra de consuelo, un gesto para un tránsfuga arrepentido por las circunstancias desfavorables, entre la soberbia y la humillación de un anárquico. La coreógrafa Laura Dean atraviesa por un período absolutamente negro. Ha debido renunciar a su gran loft de Crosby St. y ahora ocupa el pequeño departamento de su madre en Washington Square.
“Asisto a la representación de “A Letter to Queen Victoria". Observo la obra de Robert Wilson con nostalgia y arrepentimiento. Salgo del teatro preso de mil sentimientos de culpa por mis errores de abandonar Manhattan, mi espacioso loft encaramado en el quinto piso cercano al río Hudson, después de vender apurado mi prensa Charles Brandt y de perder en un recodo del camino mis matrices calcográficas” (esta etapa o tema Brooklyn?)

Francisco Copello 2009 © Todos los derechos reservados